Proscenio Sardo

El anfiteatro del tiempo

al centro della scenaAndalucía, Murcia, Valencia y Cataluña; Aquitania, Midì, Languedoc y la Provenza con el Principado de Mónaco; Liguria, Toscana, Lacio con la Santa Sede, Campania y Calabria; la Sicilia con el estrecho y el canal que abren el camino al mar oriental hacia Malta y el Jónico, el Egeo, las costas líbicas, Medina, Gabes, Sfax, Mahdia, Monastir, Susa, Nabeul; luego el golfo de Túnez, Bizerta, Béja y Jendouba; las 14 wilaya (provincias) costeras de Algeria y las regiones marroquíes de Uchda con el enclave español de Melilla, Taza-Alhucemas-Taunat y Tánger; Gibraltar; las Baleares: en las cicatrices, en las heridas que todavía siguen abiertas en el territorio, en las lenguas, en el carácter de su gente, en su historia, Cerdeña encarna este escenario histórico, natural geográfico, económico, político y militar.

La historia se ha sedimentado a capas en la isla-continente, se encuentra en cualquier lugar: en las personas y en las cosas; es muy rica; está quebrada al igual que gran parte de su costa; está atormentada como la occidental, golpeada por el mar tras coger fuerza en el Golfo de León (entre España, Francia y el norte de África), empujado por el maestral que, desde el Valle del Ródano, trae hasta aquí el aire que recoge en Europa y en el Atlántico.

Cerdeña casi siempre ha ocupado el proscenio elíptico de la historia mediterránea.

Las antiguas raíces: los Shirdana

Los dólmenes, los menhires, las domus de janas y los restos arqueológicos cuentan la civilización sapiens prenurágica (sig. XV - XVII a. C.).

Tumbas, pozos sagrados, aldeas, más de 7 000 nuragas, textos, armas, objetos y obras artísticas narran una civilización avanzada y refinada por navegadores, guerreros, agricultores y pastores que tenía relaciones con los micénicos, los fenicios y los etruscos. Los nurágicos «Shirdana» también fueron piratas y mercenarios que lucharon contra los egipcios, pero al final acabaron a su merced. Además, se ha demostrado que llegaron a las costas subsaharianas de África. Probablemente de origen semítico, llegaron a Cerdeña aproximadamente en el siglo XVII a.C. procedentes de las regiones costeras (en la actualidad, Siria y Palestina) de Asia

Menor (hoy en día el Medio Oriente); hablaban un idioma indoeuropeo parecido al latín; y, al igual que los sardos de la Prehistoria tardía, adoraban a un solo dios de carácter israelita que se llamaba Yahveh. Según una teoría demostrada, el mito de la Atlántida podría provenir de la civilización nurágica, que fue destruida por una inundación como consecuencia de uno de los maremotos que afectó al Mediterráneo en una época remota. Quizás no sea una coincidencia que los griegos llamaran a los nurágicos y a los etruscos con el mismo nombre: Tirsenoy.


Cartago, Roma y las ciudades

La civilización nurágica desvaneció progresivamente bajo el dominio cartaginés primero, y el romano después. Al ocupar las costas, las potencias emergencias forzaron a los nurágicos a que se fueran hacia el interior, donde todavía hay restos de su cultura.

Los fenicios, que estuvieron en la isla a partir del año 700-900 a.C., tuvieron relaciones pacíficas y de intercambio con los sardos. Los cartagineses, en cambio, llegaron a Cerdeña con la intención de colonizarla. Alrededor del año 535 a.C. los sardos hicieron frente al primer intento de conquista por parte de los cartagineses. Los asentamientos fenicios de la costa se convirtieron en ciudades, aunque sufrieron la hegemonía cultural y económica de la civilización del norte de África. Entraron en escena Karalis (Cagliari), Solki (Sant’Antioco), Bosa, Tharros, Bithia (Chia), Neapolis (Santa Maria di Nabui), Cornus (Cuglieri), Nora y Otocha (Santa Giusta).

Los romanos dominaron Cerdeña desde principios del año 200 a.C., tras haber compartido la señoría con Cartago durante algún tiempo y más de un conflicto. Provocaron numerosas revueltas, impusieron la hegemonía romana y también fundaron ciudades, como Turris Libisonis (Porto Torres) en la entrada occidental del estrecho del norte, y Forum Traiani (Fordongianus) a lo largo del camino que unía el norte con el sur. Durante este período, Olbia, que ya había sido una ciudad de referencia para los fenicios y cartagineses, conoció un período de una nueva importancia y vitalidad. La dominación de Roma estuvo caracterizada por calles, centros urbanos y obras públicas; Cerdeña se convirtió en uno de sus puntos fuertes y, con el latín vulgar, dio la marca definitiva al idioma sardo.

La vocación cosmopolita

El sardo contemporáneo, que es una lengua romance, se divide en dos variantes: el logudorés en el centro-norte y el campidanés en el sur. También tiene «dialectos»: el arborense, que se habla en el centro-occidental de la isla; el barbaricino, de la zona de Nuoro (el logudorés más cercano al original) y el ogliastrino, de la zona centro-oriental; el gallurese, que se habla en el noreste y es una variante del dialecto corso del sur; el sassarese, del noroeste, que refleja la historia mercantil y de las comunas de la ciudad y es una mezcla entre el logudorés, con el que convive, el corso y el toscano y tiene influencias del catalán, del español y del ligur. En Carloforte, en la isla de San Pedro, se habla el tabarquino, un dialecto arcaico de origen ligur; en Alguer se habla una variante híbrida del catalán y de los dialectos de las provincias de Gerona, Barcelona y de las Baleares. En Arborea, ciudad de fundación, y en el Campidano de Oristán va desapareciendo el dialecto véneto, que fue introducido con la inmigración relacionada con el saneamiento de los pantanos de la primera mitad del siglo XX d.C. En Fertilia también fue desapareciendo un dialecto híbrido véneto-friulano traído por un flujo inmigratorio de Istria y de la Dalmacia italiana que, tras el segundo conflicto mundial, se unió a uno de raíz ferrarense anterior a la guerra. En Isili, en el Sarcidano, es decir, entre Campidano y Barbagia, está apareciendo una jerga de origen gitano, muy probablemente traído de la mano de artesanos y vendedores ambulantes de objetos de cobre.

Riqueza

La explotación minera, que empezó aproximadamente en el año 6000 a.C. con la obsidiana del Monte Arci, fue integrada hacia el año 3000 a.C. en la extracción del metal, que se desarrolló en un principio por los fenicios y después por los cartagineses, en particular en el área de Iglesias. En la época romana, aumentó su intensidad y se expandió a otras áreas como a Sarrabuas, en el sureste, y empleó a galeotes y a esclavos para el trabajo, además de a los mineros, que por aquella época llamaban «metaleros». Con el declive del Imperio, la minería también sufrió una recesión: abandonaron canteras de extracción, que fueron descubiertas muchos siglos más tarde.

Vándalos

A principios del siglo IV (400 d.C.), llevados por el efecto combinado de la presión de los hunos del noreste y por la presencia romana en el centro-norte de Italia, los vándalos de la Europa central penetraron en Galia (Francia) y España. Posteriormente, ocuparon el norte de África, pasaron a Sicilia y después a Cerdeña, robándole la isla a los romanos. En la segunda mitad del siglo V d.C., los vándalos acabaron desterrados en la isla de los africanos exiliados, entre los cuales se encontraba un grupo de guerreros mauritanos. Estos se asentaron en Forum Traiani (Fordongianus) para disputarse el territorio con la población del interior que se resistía a los nuevos dominadores. Tras el final del dominio vándalo, que solo se dedicaban al bandidaje y al saqueo, y se esparcieron por la isla, bajando hacia el sur.

Bisancio

Tras el dominio vándalo, que duró 80 años, en el año 534 d.C. comenzó el dominio bizantino. Con el nuevo dominio, la conversión del cristianismo llegó rápido incluso al interior de la isla, con el pacto entre Zabarda, el duque del Papa Gregorio Magno, y Hospito, jefe de Barbària (la actual Barbagia), que permaneció irredenta durante el dominio bizantino. El flujo bizantino cultural y religioso fue intenso, tanto en las costumbres, como en las tradiciones, en el arte, en la arquitectura y en las estructuras políticas. De esta influencia han sobrevivido algunos restos junto con legados preexistentes.

 

 

Esplendor medieval

LLa división político-administrativa bizantina sobrevivió al progresivo desfallecimiento del dominio imperial, debido también a la creciente influencia árabe en el Mediterráneo. A finales del siglo IX d.C., Cerdeña, que primero fue un Ducado del Exarcado de África y después Arcontea dependiente directamente de Constantinopla, tomó el camino de independizarse del Imperio y, sobre los restos de su historia, se crearon los Juzgados.

Hacia finales del primer milenio d.C., la cultura política sarda se diferenció de la que en el mismo período se asentó en las costas europeas. El derecho romano fue su referencia y, por este motivo, la isla estuvo alejada del feudalismo, que se afirmó con el dominio catalán a partir del siglo XV d.C.

Los Juzgados eran estados soberanos que también se vieron afectados por las normas feudales que prevalecían en el continente. De hecho, surgió una aristocracia latifundista, que no tuvo el mismo carácter que la feudal. Bajo varios aspectos, fueron bastante modernos y su experiencia se puede equiparar con la de la Comuna, que caracterizó el centro-norte de Italia y el área occidental de Europa en la Edad Media. El sistema de las comunas también se mezcló en Cerdeña con los juzgados, como en Sassari y Villa di Chiesa (Iglesias) que, con Alguer, Cagliari, Oristano, Bosa y otras ciudades, permanecieron lejanas a los modelos del feudalismo que introdujeron los aragoneses durante varios siglos después del final de los juzgados.

Los juzgados eran 4: Cagliari (Santa Igia, es decir, Santa Gilla), Arborea (Tharros, posteriormente Oristano), Torres (Porto Torres, después Ardara, y, por último, Sassari) y Gallura (Civita, es decir, Olbia y Luogosanto). A pesar de conservar una matriz bizantina e institucional en común, se diferenciaban de ellos por las costumbres políticas, la cultura y la refinación de las cortes, la potencia, la riqueza, etc. En un principio también hubo un pequeño Juzgado, el de Agugliastra (Ogliastra) que, sin embargo, fue absorbido rápidamente por el de Cagliari.

La monarquía de los Juzgados era una combinación entre hereditaria y electiva y fundaban su legitimidad bajo el acuerdo de las Coronas, una especie de parlamentos que desempeñaban funciones de administración pública y de justicia junto con el Juez. Las instituciones estaban bien formadas, equilibradas y eran subsidiarias. El patrimonio del Estado estaba separado del patrimonio privado del Juez y de los aristócratas. La condición de los ciudadanos y de la servidumbre, la propiedad, el uso de las tierras y la propiedad pública, además del derecho civil y penal, estaban regulados de una forma muy avanzada para dicha época.

Los pisanos y los genoveses entraron en Cerdeña cuando, en el año 1015-1016 d.C., detuvieron el intento de invasión del Príncipe de las Baleares Mujahid, fiel al califa de Córdoba. Este fue el último combate como tal, tras casi tres siglos de presión árabe en los que los sardos se resistieron, tras pasar por varios acontecimientos. Hubo muchas incursiones en las épocas sucesivas, pero el péndulo geopolítico ya oscilaba en otro lugar.

El Juzgado de Cagliari cayó en manos de los pisanos a mediados del siglo XIII d.C. El de Torres se dividió entre las familias genoveses de Doria y Malaspina en el mismo período. El Juzgado de Gallura, controlado por los pisanos desde inicios del siglo XIII d.C., dejó de existir indicativamente en el mismo momento que el de Cagliari. Los aragoneses y el Juzgado de Arborea, que dejó de existir dos siglos después, sacaron ventaja de estos acontecimientos desde el punto de vista territorial.

El Juzgado de Arborea se opuso firmemente a la ambición de domino de los aragoneses en toda la isla de conformidad con la avocación del Reino de Cerdeña y Córcega por parte del Papa para cedérselo al Rey de Aragón, con un contrato de prenda de vasallaje y pago anual, en el ámbito de un tratado cuyo fin era encontrar el equilibro entre los Anjou y los aragoneses en Sicilia después de las Vísperas sicilianas.

La primera fase del período de los Juzgados se puede datar entre el año 900 y el 1250 d.C.; la segunda fase, con el Juzgado de Arborea como protagonista, data de mediados del siglo XIII (1250 d.C.) hasta el año 1420 d.C.

El Juzgado sardo

Cuando en el año 1297, Bonifacio le concedió el Reino de Cerdeña y Córcega al Rey de Aragón, ignoró el resto de dominios: el Juzgado de Arborea, que sobrevivió a los otros tres; la comarca de Sassari; y los dominios genoveses de los Doria en el norte y el de los pisanos en Cagliari, Villa di Chiesa y en Gallura.

Por este motivo, los aragoneses consideraban vasallos a los Jueces de Arborea que, a su vez, se consideraban los legítimos soberanos de la isla.  ISobre esta visión diferente (paritaria para los sardos, subordinada para los aragoneses) recae la variada cultura institucional de los dos linajes y la índole de independencia de los sardos. El Rey de Aragón, es decir, el Conde de Cataluña, asignó numerosos títulos y tierras a la familia del Juzgado hasta darle el título de Vizconde a Bas Hugo II, el abuelo de la futura Jueza Leonor, elevándolo al límite de la jerarquía de la nobleza del reino catalán. Su decisión estuvo dictada para marcar el vasallaje del Juez y para asegurarse la lealtad en la lucha por la conquista de «su reino sardo» contra las Repúblicas marítimas. Por otro lado, Hugo II aceptó la propuesta ibérica para aprovechar la potencia militar de los aragoneses a su favor, con el fin de liberar a «su isla» de los invasores ligures y toscanos.

Cuando todavía reinaba Hugo II, el Rey de Aragón le concedió el título de Conde del Gocéano a su hijo Mariano (centro-norte/Tirso; Bono, Benetutti, Bultei, Nule, Burgos, Bottidda, Illorai, etc.) y de Marmilla (centro-sur/Giare). De esta forma lo convirtió en su vasallo para los territorios de la isla del Reino sardo- corso que no formaban parte del Juzgado. Inmediatamente, Mariano se distinguió por una visión iluminada y previsora de la organización agraria, política y militar de sus tierras. Pasó a formar parte del Juzgado cuando, al no tener descendientes, falleció su hermano mayor Pedro II y quiso detener los objetivos catalanes en su isla de Cerdeña.

Alejadas las Repúblicas marineras de la tierra sarda, los nudos de la relación con los aragoneses salieron a la luz. A pesar de las parentelas, Mariano IV cambió la política paterna de alianza con la corte ibérica y el desencuentro fue inevitable, sanguinario y muy largo: más de 90 años. Mariano dirigió, junto con su hijo Hugo, numerosas operaciones militares por mar y tierra limitando la presencia aragonesa a Cagliari y a Alguer, y extendiendo sus dominios a casi el resto de la isla. Además, comenzó a comercializar, con cinismo y audacia, los cereales de su reino en todo el Mediterráneo, y así acumuló enormes riquezas con las que financió los acontecimientos bélicos sin ninguna dificultad.

Promulgó el Código rural y estuvo en comunicación con grandes personajes de su tiempo en todas las costas del mar que abrazaban la isla.

En la segunda mitad del siglo XIV d.C., le sucedió el primogénito Hugo III, hermano mayor de Leonor, cuya madre era una mujer catalana de la nobleza: Timbor de Rocabertí. Hugo III se casó con una aristócrata de Viterbo, con quien tuvo una hija, y prosiguió con la política independentista paterna incluso en el ámbito jurídico y militar. Sin embargo, no consiguió tener una buena relación con la aristocracia sarda, lo que provocó una revuelta durante la que fue asesinado junto con su hija, la futura Jueza.

Las teorías apuntan a que fue su propia hermana la que ordenó que los asesinaran para aprovecharse de las circunstancias. Fue «alejada» de Cerdeña por su hermano, que sospechaba que se había aliado con los aragoneses por ambiciones dinásticas, ya que, probablemente, lo tramó todo con su marido, Brancaleone Doria, de Génova, que reconoció a sus dos hijos, aunque en realidad no era el padre biológico. Este, a pesar de ser vasallo del Conde de Cataluña, se casó con la futura Jueza bajo sugerencia de Mariano IV como antiaragonés, porque los Doria contaban con grandes posesiones en el norte de la isla. Hugo III se los quitó, pero el ascenso de Leonor restableció el dominio de los Doria en sus propiedades sardas.

En 1383, tras una revuelta, Cerdeña fue proclamada República, confirmando de esta forma las normas que Mariano IV y Hugo III habían introducido.

Leonor

Leonor le pidió al Rey de Aragón, que nominalmente era el titular del Reino, que reconociera la sucesión de su hijo en el Juzgado. Por aquel entonces, en Cataluña reinaba el aragonés Pedro el Ceremonioso, que rechazó la solicitud por temor a la potencia de la familia relacionada a doble filo con Génova que, de una sola vez, consiguió el dominio de 2/3 partes de la isla y tomó a Brancaleone como rehén, que se había dirigido a las cortes para recibir tierras y títulos nobles, e intentar enviar una flota para apoyar a restablecer la monarquía del Juzgado de su mujer. De esta forma, Leonor llegó a Oristano para arreglar algunos asuntos con la aristocracia y se autoproclamó jueza regente de parte del primogénito Federico. Siempre firmó sus actas de gobierno como Jueza porque en Cerdeña no estaba en vigor la Ley Sálica.

Al ser la segunda hija de Mariano IV, la Jueza tenía derecho al Dux de Génova por una gran suma, ya que la hija de estos se había prometido con su hijo Federico. Este acuerdo terminaba con los intereses geopolíticos y económicos del Juzgado sardo y los de la República marinera. Así, Leonor se introdujo en las dinámicas políticas del Mediterráneo y de Europa y se alió con la potencia ligur mediante vínculos económicos y de matrimonio.

Leonor fue una auténtica reina. Consiguió la legitimidad de su reino mediante el consentimiento, como era de costumbre en Cerdeña; gobernó con determinación, sabiduría y medida y supo limitar la ambición aragonesa con gran eficacia, paciencia, forma y cinismo, ampliando el dominio de su Juzgado a casi toda la isla. Firmó la paz con los aragoneses, a los que les tuvo que ceder amplios territorios para obtener el reconocimiento de su legitimidad y la liberación de su marido. Sin embargo, desoyó otros acuerdos y armó un ejército que, dirigido por Brancaleone, reconquistó gran parte de lo que les había cedido. Cultivó el origen de la cultura independentista sarda propuesto por Barisone I recogiendo el testimonio del padre y del hermano que, a su vez, lo habían idealmente heredado del primer Rey de Cerdeña investido en el año 1164 d.C. por Federico Barbarossa (no de parte del Papa), que intentó, en vano, unificar los Juzgados. Todos, excepto el de Arborea, pasaron a estar bajo la influencia pisana, genovesa y catalana.

La Carta de Logu

En 1215, el Rey de Inglaterra, Juan Sin Tierra, se vio forzado a conceder la Magna Charta Libertatum, la Carta Magna, considerada el embrión del reconocimiento de los derechos universales del hombre, que es una especie de «contrato» entre el monarca y sus barones. De forma contraria, la Carta de Logu, encargada por Leonor después de casi dos siglos, representa un «respiro» institucional y es uno de los primeros documentos de este tipo.

2 años después del nacimiento de Leonor, 41 años antes de su regencia, 5 años antes del ascenso al trono del Juzgado de su padre Mariano IV, 50 años antes de la primera promulgación de la Carta de Logu y un siglo y medio después de la Carta Magna, en 1342, otra mujer aristócrata volitiva (Margarita Maultasch de Tirol-Gorizia (1318-1369), promulgó en el Alto Adigio un estatuto con formas de representación política con el que creaba un sistema administrativo y jurisdiccional autónomo y público. Además, ampliaba la libertad de las personas, regulaba la propiedad reconociéndola incluso a los campesinos, e intervenía en la organización de la actividad minera, de la justicia y del comercio.

Leonor promulgó la Carta de Logu en 1392, cuando su segundo hijo Mariano V Doria estaba a punto de subir al trono del Juzgado, sucediendo a su hermano Federico (como Barbarossa), que murió antes de emanciparse.

La Carta recogía y actualizaba las ordenanzas y el código rural del padre y del hermano de Leonor. Añadió algunos sistemas jurídicos de matriz bizantina; acogió algunos aspectos de la civilización nurágica sarda (como Breve di Villa di Chiesa y los estatutos de Sassari) y del centro de Italia; también incluyó elementos del pensamiento jurídico catalán y canónigo y los aplicó a las costumbres locales. Además, tuvo un pensamiento sorprendentemente anticipador a finales de la Edad Media al introducir la seguridad del derecho, la accesibilidad a las publicaciones de las leyes y de la propiedad privada. Definió el derecho penal, civil, rural del procedimiento, ratificó dos niveles de apelación y garantías de procesos, tuteló a las mujeres, hizo frente a la brecha, anticipó el carácter moderno del Estado, del Gobierno y de la Justicia; reguló el derecho de familia y las sucesiones; recorrió el principio de erga omnes; e hizo frente al tema de los incendios con una impresionante similitud a las normas actuales.

Leonor gobernó con realismo como Jueza y regente entre 1383 y 1392 d.C., aunque su poder no se detuvo hasta su muerte en el año 1404 d.C.

El Juzgado de Arborea sucumbió definitivamente 11 años después de la batalla por Sanluri en 1409 d.C., cuando el último Juez de Arborea lo cedió a Aragón por 100.000 florines de oro, terminando de esta forma con una época de extraordinario esplendor cultural, jurídico, económico y político cuyo legado es inagotable.

La Carta de Logu, acogida, confirmada y aplicada a toda la isla por los aragoneses tras el final del Juzgado, a principios del siglo XV, permaneció en vigor en Cerdeña hasta cuando el Código de Carlo Felice (4 siglos más tarde), la sustituyó en 1827, 7 años después del Editto delle Chiudende que alteró el presupuesto rural. La Carta de Logu ha registrado muchos aspectos de la cultura de Cerdeña, en la que ha incidido profundamente durante un largo período de tiempo, y que reguló las comunidades y constituyó un acuerdo con todas las épocas y las civilizaciones anteriores a los Juzgados.

Explotación

Con la llegada de los bizantinos, Cerdeña retomó la exportación de metales, en particular la plata, hasta que la insidia de los piratas sarracenos la dificultó debido al declive del Imperio Oriental. Tras el nacimiento de los Juzgados y la posterior implosión del Imperio de Bisancio, los pisanos (con hegemonía en gran parte de la isla de acuerdo con el tratado con Génova aprobado por Benedicto XIII) dieron un nuevo impulso a la actividad minera, en particular con Ugolino della Gherardesca, Conde de Donoratico, que dominaba el sur de la isla. El abandono de Cerdeña por parte de los pisanos tras las derrotas contra la alianza entre el Juzgado de Arborea y el Reino de Aragón, determinó la interrupción del flujo de cargas de plata a la República merinera, factor que influyó en su declive. Durante el dominio español, a pesar de los esfuerzos, la actividad minera fue residual.

El declive español

El Reino de Cerdeña y Córcega, que fue solicitado por el Papa Bonifacio VIII para los aragoneses, aunque realidad nunca llegó a formarse, se constituyó más de un siglo después tras su institución, es decir, tras la desaparición del último Juzgado. Mientras Europa llegaba a finales de la Edad Media, las ordenanzas aragonesas y su política opresiva y vejatoria hicieron que Cerdeña volviera atrás en el tiempo tras el anhelo de modernidad y esplendor que tanto la habían distinguido. De forma insistente, el Rey de Aragón intentó someter a los sardos y a los corsos, aunque el conflicto siempre fue latente y en Cerdeña emergió casi inmediatamente, en el año 1470 d.C., con Leonardo de Alagón, feudatario que acababa de suceder a su indómito tío, el marqués de Oristano Salvador de Cubello, en el dominiode Arborea y Gocéano, al que la Corona aspiraba directamente. Leonardo desafió al Virrey de Cataluña en Uras y lo derrotó. 8 años después, en la batalla de Macomer, las tropas aragonesas fueron superiores a Leonardo y le quitaron el dominio y lo encarcelaron en España, donde murió muchos años después. El dominio español siempre tuvo oponentes y fue infructuoso en general, incluso después del matrimonio entre Fernando de Aragón con Isabel de Castilla, que sirvió para unir los reinos ibéricos.

Saboya

El Reino de Cerdeña llegó a manos de los Saboya mediante el tratado de Londres de 1718 d.C., tras las guerras de sucesión españolas que habían marcado el inicio del siglo y un interregno habsbúrgico trienal. El Rey Amadeo II de Saboya ordenó una feroz represión y ocupó la isla militarmente. Su sucesor también, Carlos Manuel III, que rescató a los tabarquinos (pescadores y comerciantes de Pegli que se establecieron en 1540 d.C. en una pequeña isla cerca de la costa del norte de África y que entraron en conflicto con el bey de Túnez) al entregarles la isla de San Pedro, no introdujo cambios significativos en el sistema feudal de la isla, sino que promovió variaciones en las condiciones de vida de la población. Además, al igual que sus sucesores, aumentó la presión fiscal y la explotación de los recursos sardos.

La Maddalena, localidad habitada desde la Prehistoria y muy conocida para los griegos, ya que sirvió de cruce del tráfico marítimo en la época romana, fue un teatro de combates entre los sarracenos y las Repúblicas marítimas, además de sede de los asentamientos benedictinos. Sin embargo, no fue tenida en cuenta en el tratado de Londres a pesar de su importancia estratégica. Como consecuencia, permaneció como tierra de nadie durante 50 años. Estuvo habitada por una colonia de pastores corsos desde el siglo XVII d.C. Los Saboya se la adjudicaron en 1767 tras un pacto con los habitantes de la isla. Esto explica la lealtad que demostró la comunidad de La Maddalena hacia el Rey de Saboya durante la guerra contra la revolucionaria Francia. Al final del siglo, en La Maddalena, Andrea de Geneys fundó la Marina de guerra de los Saboya, la Marina Sarda, de la que desciende la Marina Militar Italiana. De esta forma, la isla se convirtió en una importante base naval de forma progresiva, primero de los Saboya y Piamonte, y después de Italia.


Giuseppe Garibaldi vivió en Caprera, la segunda isla del archipiélago de La Maddalena, donde se retiró y murió.

En la segunda mitad del siglo, los sardos comenzaban a rebelarse con más frecuencia y eficacia contra el dominador Saboya, que contaban con un creciente apoyo político e intelectual, en particular después de la Revolución francesa, en el año 1789.

En 1793, mientras La Maddalena se resistía a la presión de los franceses, estos ocuparon Sant’Antioco y Carloforte, instaurando sistemas de inspiración republicana y del Iluminismo. Atacaron Cagliari, aunque fueron derrotados y rechazados por la resistencia de los sardos, que fueron engañados por una astuta propaganda del clero y de los aristócratas fieles a la corona.

Aprovechando estos eventos, la aristocracia sarda solicitó autonomía y representación en el ámbito del Reino del Piamonte, aunque fue rechazada.

En el año 1794, las ciudades y las áreas de la campiña se rebelaron, mataron a generales piamonteses, los encarcelaron y echaron a funcionarios y al Virrey. Sin embargo, Sassari y los feudos de Logudorio pidieron independizarse de Cagliari y de depender directamente de Turín. La revuelta se fue ampliando progresivamente en clave antifeudal. La situación fue turbulenta y beligerante hasta la Navidad de 1795, cuando los rebeldes tomaron Sassari.

Giovanni Maria Angioy

Enviado por el Virrey con plenos poderes para calmar la revolución, aunque sensible a la cultura iluminista, reconoció el eslabón emergente entre las clases sociales que habían sido excluidas hasta dicho momento del poder político, aceptó el descontento, fue acogido como un libertador y consiguió apoyo en todos los lados.

En Sassari también lo acogieron como a un libertador. Por este motivo, no tuvo que emplear las fuerzas militares que consiguió concentrar desde el camino desde Cagliari para someter a los rebeldes.

Tras la paz en la isla, intentó independizarse de los feudos y rescatar a los sardos, entrando en conflicto, incluso militar, con los Saboya. Sin embargo, salió vencedor. Por otro lado, sus mismos compañeros y los aristócratas que le habían apoyado, fueron abandonándolo progresivamente. Le revocaron los poderes y fue perseguido.

Consiguió huir a Francia, donde siguió cultivando la idea de convertir a Cerdeña en una tierra más libre y por la que luchó hasta convencer a Napoleón (el primer cónsul) de que organizara una expedición, aunque nunca partió porque se distrajo con una insurrección en Córcega.

Murió en Francia y con él también se perdió otra importante ocasión para el pueblo sardo.

El Rey en Cerdeña

El Rey de Saboya se instauró en Cerdeña después de que los franceses ocuparan Piamonte en el año 1799. Permaneció en la isla hasta 1814, cuando Napoleón fue derrotado definitivamente.

El «Editto delle Chiudende»

Tras volver a su tierra después de refugiarse en Cerdeña a principios del siglo XIX, el Rey Víctor Manuel I de Piamonte, dio el golpe de gracia a la economía sarda con el Editto delle Chiudende de 1820. Mediante esta medida autorizaba a cualquiera a cercar y apropiarse de terrenos que tradicionalmente eran un recurso colectivo. Del edicto se aprovecharon las personas con más poder adquisitivo, como los latifundistas y los mismos piamonteses, alterando uno de los cimientos de la cultura rural y jurídica sarda que sobrevivió indemne incluso a los aragoneses.

Un famélico apetito

Tras los numerosos intentos de insurrección sofocados con sangre y a los impulsos en pro de la independencia y autonomía a lo largo de todo el siglo XIX, los piamonteses mostraron tener siempre un famélico interés por los recursos de Cerdeña, de los que la intensa deforestación de la isla sigue siendo un testigo doloroso de los mismos.

Con la asignación del Reino de Cerdeña a los Saboya, la actividad de extracción volvió a activarse, aunque, en un inicio, la monarquía de los Saboya se la adjudicó principalmente a extranjeros (ingleses, alemanes y suecos). A mediados del siglo XIX, cuando vencieron las viejas concesiones e introdujeron una nueva legislación en materia, hubo numerosas empresas sardas, ligures y piamontesas con una elevada economía que invirtieron en la isla, aunque algunas con una mejor suerte que otras. Tras un análisis llevado a cabo por el ingeniero minero Quintino Sella (1868-71), la atención a las minas sardas, que desde hacía treinta años eran cada vez más productivas, ganaron centralidad en el gobierno de los Saboya a caballo entre la unificación de Italia. Sin embargo, en este período, las empresas con capital extranjero alimentaron el nuevo apetito de la riqueza isleña. De esta forma comenzó un período de gran producción, con una ampliación de las áreas de extracción y de nuevos flujos migratorios de varias regiones del recién creado Reino de Italia que, sin embargo, no aplicaron el reconocimiento del derecho de los mineros a unas condiciones de vida y trabajo justas y a su emancipación de las sociedades concesionarias.

La unión «imperfecta»

El 1847, el Estatuto albertino entró en vigor en Cerdeña como resultado de la nominada «unión (o fusión) perfecta» entre el Reino de Piamonte y Cerdeña. El Estatuto sustituyó el Código de Carlo Felice, que estuvo vigente durante casi 20 años tras la derogación de la Carta de Logu.  

De esta forma, dejaron a un lado los valores históricos de la isla. Ya no hubo una discontinuidad entre el destino del Reino del Piamonte, después italiano, y Cerdeña.

La primera huelga general de Italia

A principios del siglo XX, el movimiento sindical estuvo marcado por profundas divisiones que surgieron claramente en abril de 1904 en el Congreso de los socialistas. Dicho año hubo numerosas huelgas en Cerdeña: los mineros de Monteponi, Montevecchio, Lula, San Benedetto y San Giovanni Ingrostu; los cinceladores de Villasimius y LaMaddalena; y los curtidores de Sassari y Bosa se manifestaron en varias ocasiones para mostrar sus reivindicaciones. El 3 de septiembre, los mineros de Buggerru abandonaron los pozos, provocando la interrupción del trabajo en las instalaciones de la superficie. La empresa francesa concesionaria se vio abrumada por todas sus solicitudes y le pidió ayuda al gobierno italiano, que envió a dos compañías de soldados. El desorden continuó y los soldados del Rey italiano dispararon a la indefensa multitud como defensa de los intereses del concesionario francés. Murieron 3 personas y hubo muchos heridos, de los cuales uno murió un mes después. A pesar del precio tan alto que tuvieron que pagar, el trabajo prosiguió ob torto collo con pocos beneficios para los mineros. Sin embargo, la reacción nacional no tardó en llegar. En el movimiento obrero, incluso en Suiza, se extendió la enérgica e inédita idea de una huelga general. Lo propuso la Cámara de trabajo de Milán y, durante un memorable y abarrotado mitin que tuvo lugar en los patios de las escuelas de Porta Romana, la multitud aclamó la propuesta de la huelga general. En varias localidades de Italia hubo protestas, con muertos y heridos. La tensión crecía, y los socialistas superaron sus temores, las divisiones y las tardanzas proclamando la primera huelga general de la historia de Italia. Durante 5 días, todo el país transalpino se vio abrumado por un movimiento de protestas por la indignación de los trabajadores y de los campesinos por la vil e infame matanza de los mineros sardos.

El «Siglo breve» sardo

La primera mitad del siglo XX está marcada por una fuerte depresión económica, desde el despoblamiento, hasta el surgimiento de un nuevo y particular bandidaje como fenómeno de reacción a la condición en el que un país extranjero, opresor, distante, miope y sordo había condenado a las comunidades, y por la gran pérdida de vidas y por los dos conflictos mundiales.

Durante todo el siglo hubo períodos en el que destacó la prepotencia del anhelo sardo a la autodeterminación, en la producción literaria y cultural, o incluso en los nuevos fenómenos políticos de los que nació el Partito Sardo D’azione entre las dos guerras y el Statuto dell’Autonomia paralelo a la constituyente republicana. El siglo XX vivió el nacimiento de personajes eminentes de la política y de la cultura sardas, y de un respiro nacional e internacional.

Durante los 20 años de fascismo, surgió un nuevo período agrícola, de saneamiento y de la minería en Sulcis – período carbonífero -, con el nacimiento de Carbonia y su original carácter arquitectónico racionalista y social, que ayudó a promover la economía atrayendo nuevas inmigraciones.

A lo largo de todo el siglo, en la isla tomó forma una nueva consciencia política y sindical, que no era marginal y tampoco culturalmente improductiva, que expresaron varios personajes de renombre.

La agricultura y el pastoreo conocieron nuevas dignidades.

Después de la II Guerra Mundial, acabaron con la malaria, pero surgieron nuevas servidumbres militares e industrialización, de la que hoy en día se recogen los polémicos frutos y un nuevo bandidaje. La extracción de metal y carbón se fue apagando progresivamente debido a la desaparición de yacimientos y/o debido a su escasa economía. Sin embargo, en Cerdeña todavía hay ricos yacimientos de oro. El turismo se convirtió en una nueva fuente de riqueza y trabajo, aunque se vio afectado por los peligros de las nuevas construcciones que lo acompañaron. La cultura autonomista e independentista encontró una nueva linfa con una nueva declinación, a menudo vanguardista.

Independencia y autonomía

Desde la era nurágica hasta el Estatuto de Autonomía (1948), los pueblos sardos fueron estados independientes en períodos alternos durante casi 1400 años. Sin embargo, estuvieron sujetos a las potencias emergentes durante varias épocas por un total de 2150 años. En la actualidad, Cerdeña está integrada en el Estado italiano, pero cuenta con un régimen de autonomía especial.


En la Europa del siglo XXI y en medio de la agitación del área del Mediterráneo de inicios del tercer milenio, en un anfiteatro ya globalizado, midiéndose con un profundo cambio de la economía, con nuevos desafíos de integración sociocultural y con un nuevo anhelo autonomista, la aventura sarda continúa, como siempre, en un proscenio.


Quiero darle las gracias especialmente a Marta, a Chiara y a Carlo, que han tenido la paciencia y la generosidad de revisar este trabajo.